Jesús Vico y Asociados, S.L.

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La Lonja del Almidón: garbanzos y oro

26 "Julio" 2020

Así titulaba el Heraldo de Madrid en 1891 un artículo sobre este establecimiento, entonces ya antiguo, que quedó inmortalizado por Galdós y que se convertiría en uno de los precursores de las subastas numismáticas en la capital de España.

No desvelamos nada nuevo si contamos que muchas firmas de comercio numismático, tanto de España como de Europa, tienen su origen en las antiguas casas de cambio. El paso de una actividad a otra es la consecuencia lógica del desarrollo del coleccionismo: el momento en que el comerciante-cambista se da cuenta de que puede sacar una mayor ganancia por las piezas más raras, por encima de su peso en metal precioso.

En España el proceso de “profesionalización” del mercado numismático es más tardío que en otros países de nuestro entorno europeo. A pesar de que la afición a la numismática estaba muy extendida entre los círculos ilustrados del XVIII, la Guerra de la Independencia y el reinado de Fernando VII supusieron un retroceso también en este aspecto y nos sumieron en un atraso del que tardaríamos unas cuantas décadas en recuperarnos. En la España del siglo XIX y las primeras décadas del XX, los grandes coleccionistas se surtían en el extranjero, especialmente en Ámsterdam, París o Londres, donde firmas como Schulman, Spink o Rollin & Feuardent estaban ya muy asentadas. Sin embargo, dentro de la Península, además del continuo intercambio entre los propios coleccionistas, el papel de abastecimiento de monedas lo cubrían los marchantes, anticuarios o cambistas que, en la mayoría de los casos, no estaban especializados en numismática.

Entre los precursores del comercio numismático, aparece en el Madrid del último cuarto del siglo XIX la figura de Valentín Gil, con su Centro Numismático Matritense (Casa de cambio) situado en la calle Preciados, que edita desde 1880 un catálogo de sus fondos numismáticos con periodicidad semestral o anual, en el que ofrece monedas a precio fijo. Pero la casa de cambios más famosa de toda la capital era, sin duda, la Lonja del Almidón, un comercio en el que, como describe el Heraldo de Madrid (14-XI-1891) se despachaba bacalao o chocolate junto con monedas de oro. También por los mismos días el diario El País (14-IX-1891) se quejaba de que los únicos españoles que veían oro eran los consejeros del Banco de España y esa especie de sucursal que es la Lonja del Almidón.

En un principio esta tienda se situaba en el entorno de la actual plaza de Jacinto Benavente, que fue remodelada en 1926 y ha sufrido distintas transformaciones hasta llegar al aspecto actual de hoy en día. El Heraldo también cuenta que el establecimiento había sido fundado en los años cuarenta del siglo XIX, aunque hay menciones a una Lonja del Almidón en la misma zona de Madrid, junto a la Plaza del Ángel, desde, al menos, mediados del siglo XVIII.

Sea cual sea el origen del establecimiento, cuyo nombre nos indica que en un primer momento estaba dedicado a despachar almidón -tan necesario entonces para un buen planchado-, los cambios de sistemas monetarios en la España de mediados del XIX propiciaron la proliferación de las casas de cambio. Es posible que el comerciante Palacios y sus sobrinos, que regentaban la Lonja del Almidón, vieran el potencial de este negocio y ampliaran la oferta de su tienda de ultramarinos. De lo conocido del establecimiento y de sus prácticas cambistas ya dio noticia Benito Pérez Galdós en Fortunata y Jacinta:

Guillermina se despidió rogando a los dependientes que le cambiaran por billetes tres monedas de oro que llevaba. “Pero me habéis de dar premio –les dijo-. Tres reales por ciento. Si no, me voy a la Lonja del Almidón, donde tienen más caridad que vosotros”.

En esto entró el amo de la casa, y tomando las monedas, las miró sonriendo.

“Son falsas. Tienen hoja”.

-Usted sí que tiene hoja- replicó la santa con gracia y los demás se reían-. Una peseta de premio por cada una.

- ¡Cómo va subiendo!... Usted nos tira al degüello.

- Lo que merecéis, publicanos.

Villuendas tomó de un cercano montón dos duros y los añadió a los billetes del cambio.

Benito Pérez Galdós, (reed. 2003) Fortunata y Jacinta, págs. 407-408.

Las hemerotecas de la época son nuestra principal fuente de información sobre este establecimiento. En las primeras décadas del siglo XX los anuncios publicados en el diario ABC nos informan de que el negocio sigue combinando el cambio de moneda con el comercio de ultramarinos:

Lonja del Almidón, Cruz 5 y 7.

Cambio de monedas y billetes de todos los países.

Chocolates elaborados á brazo con los mejores cacaos. Café de Puerto Rico, tueste diario. Tes, Azúcares, Garbanzos finos de Castilla, Judías del Barco de Ávila, Arroz, Almidón ingles marca Colman’s y otras. Aceite y jabón.

(Anuncio publicado en el diario ABC en distintas ediciones entre los años 1910-1920)

También hay noticias sobre las tasas de cambio que se aplicaban, como figura en un breve del diario La Vanguardia (31-V-1898). O sobre un importante robo de oro del que informa el mismo diario ya en 1920, el 17 de diciembre.

La siguiente etapa de La Lonja es cuando comienza a realizar las primeras subastas numismáticas de España, ya en 1936, justo antes de la Guerra Civil. Una vez más, esta contienda supone una ruptura en la evolución de la sociedad española, y no habrá más subastas numismáticas en nuestro país hasta la creación de la Sociedad Española de Numismática, dirigida por Antonio López Revillas y subvencionada por el Estado.
Posiblemente resulta un poco exagerada la afirmación del Heraldo de Madrid cuando dice que la Lonja era una institución más poderosa y en la que había más oro que en el Banco de España, pero por sus mostradores pasaron algunas de las monedas más valiosas de la historia numismática española y en ella se surtieron muchas de nuestras grandes colecciones.
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La basílica Ulpia y el foro de Trajano

14 "Julio" 2020

Tras su triunfo contra los dacios en el 107 d.C., el emperador Trajano emprendió la construcción del más grandioso de los foros imperiales, un ambicioso proyecto que sirviera para conmemorar la Pax Romana. En poco más de un lustro, bajo la dirección del arquitecto Apolodoro de Damasco, se cortaron y nivelaron parte de las estribaciones del Quirinal y del Capitolio y se erigieron los diferentes edificios que lo componen, inaugurándose entre el 112 y el 113 d.C.

La estructura del complejo seguía un patrón clásico inspirado en los llamados principia, las plazas centrales de los campamentos militares -sin duda un guiño al prestigio militar del emperador-, con un arco que daba acceso a una gran plaza central porticada, en cuyo fondo se elevaba la basílica. Aunque el elemento más conocido, y el único que permanece en pie, es la famosa Columna Trajana, que conmemora la victoria sobre los tracios.

La basílica Ulpia, así llamada por la familia del emperador, fue la más grande construida en Roma, con 170 metros de largo y 60 de ancho. Su interior estaba estructurado en cinco naves, divididas por columnas, que son de los pocos restos que pueden admirarse in situ hoy en día. Sin embargo, podemos conocer algunos detalles más de su exterior gracias a las monedas. El áureo que sale ahora a subasta (I-9, lote nº 95, RIC-247) nos muestra la fachada principal, que se estructuraba en tres partes. El piso más alto estaba cubierto por un friso en altorrelieve, que posiblemente se extendería por los otros tres lados del edificio y que se reaprovechó posteriormente, dividido en cuatro partes, como decoración del ático del arco de Constantino (312-316). Su centro estaba decorado con una cuadriga triunfal, con toda seguridad en referencia al triunfo del propio Trajano, flanqueada por jinetes y trofeos militares. Además, figuraban con sus nombres las insignias de las legiones que habían participado en las guerras dacias. Delante de las tres puertas se erigían tres estatuas del emperador, un detalle que no ha quedado plasmado en la moneda.

No es este el único monumento del foro de Trajano del que ha quedado constancia en las monedas. En otro áureo de la misma época (112-114 d.C.: RIC 256; imagen: Jesús Vico subasta 155, lote nº 315), ha quedado plasmada para la posteridad la grandiosa entrada al complejo, con un arco dividido en cinco secciones enmarcadas por columnas. En la representación monetaria se distinguen el vano central, flanqueado por nichos decorados con estatuas posiblemente de prisioneros dacios y sobre ellos escudos (imagines clipeatae) en los que probablemente figurarían retratos de los generales imperiales. Como remate, la parte superior estaba adornada por una escultura del emperador conduciendo un carro de seis caballos, flanqueado por trofeos y victorias.

Y, por supuesto, la famosa columna de Trajano (imagen Jesús Vico, subasta 153, lote nº 3148; RIC-292), de la que ha quedado constancia en varias acuñaciones de áureos, denarios y sestercios. En este caso, sin embargo, son representaciones en las que no figura el nombre del monumento y no permiten percibir los detalles que sí se aprecian en las monedas dedicadas al foro y a la basílica, lo que las ha convertido en la principal fuente para conocer la apariencia que tuvieron ambas construcciones en el momento de su construcción.

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Un esclavo, diez manillas

08 "Julio" 2020

La mayor parte del negocio esclavista que se estableció durante la Edad Moderna entre Europa y África se realizó basándose en lo que hoy llamamos “premonedas”, “dinero primitivo” o “dinero tradicional”, es decir, que los tratantes no necesitaban ir provistos de monedas de oro o plata para proveerse de su mercancía humana. Aunque algunas manifestaciones de este “dinero prremonetal” ya tenían cierta tradición entre los pueblos africanos, otras fueron introducidas por los propios comerciantes para facilitar los intercambios. Entre ellas se encontraban las conocidas como “Slave tokens”, o “manillas”, así llamadas porque su forma recuerda a la de un brazalete. Puede decirse que son, junto con los cauríes (un tipo de conchas), el objeto más utilizado como “premoneda” en el comercio de esclavos.

Se trata de piezas de metal, normalmente realizadas en cobre o en otras aleaciones metálicas, que fueron usadas por primera vez para este terrible comercio por los comerciantes portugueses en África Occidental ya en el siglo XV. A pesar de la buena acogida que tenían estas manillas entre las tribus africanas, a los portugueses no les resultaba demasiado rentable utilizarlas porque debían exportarlas de otros lugares de Europa, como Flandes. Sin embargo, cuando a partir del siglo XVII los comerciantes holandeses e ingleses desplazaron a los lusos en la hegemonía de este comercio, su uso continuó, abaratándose el coste gracias a las fábricas de Bristol o Manchester donde se realizaban. Hace algunos años, uno de los barcos que transportaba este tipo de “premoneda” naufragó en las costas de Vizcaya, permitiendo realizar un completo estudio de su carga.